El hombre de los calcetines amarillos – segunda parte

A continuación publicamos la segunda y última parte de este relato corto relacionado con Internet y la huella digital y que puedes empezar a leer en nuestra anterior entrada.

La cosa comenzó cuando Roberto Sandoval fue a calzarse aquella mañana de miércoles. Un día cualquiera.

-Adela, no encuentro calcetines limpios. Hace días que no entran en el cajón, y luego están los que me coge Berto. Ayer quedaban dos pares, unos los usé yo, pero hoy no queda ninguno.

-Lo siento cariño. El técnico de la lavadora no ha venido aún. Llevamos cinco días sin lavar. Esta tarde lavaré a mano.

-Eso está muy bien, pero ¿qué calcetines me pongo yo hoy para ir a trabajar?

Hurgó en el desordenado cajón de su hijo buscando una alternativa aceptable, pero no la encontró, y volvió a su cajón. Se quedó mirando con desolación los calcetines amarillos.

-¿Será posible que tenga que ponerme los calcetines amarillos que me regaló tu hijo en Navidad para tomarme el pelo?

-No. ¿Cómo te vas a poner eso? Aunque a él le daría un alegrón saber que ha conseguido romper tus cánones por una vez. Ponte los que llevabas ayer. O ve sin calcetines.

-Sabes que no puedo ir sin calcetines, me hago heridas con facilidad, y tampoco usar calcetines ya usados. Hace calor y me sudan los pies. Ni me lo planteo. Decididamente no puedo perder más tiempo o no podré preparar bien la reunión del consejo de administración. Es a las doce, así que estoy pensando que tendré tiempo, cuando abran las tiendas, de comprarme calcetines. Me compraré doce pares y los esconderé.

-Bueno, tú verás. Procura no sentarte en el autobús o te convertirás en el centro de atención de todos los viajeros sin dudarlo.

Roberto salió malhumorado de su casa. Se había puesto los pantalones lo más bajo posible para que las perneras taparan al máximo los calcetines. Y no se sentaría hasta que estuviera en su despacho, tras su mesa. Calculó que así podría evitar que alguien notase aquella calamidad amarilla dentro de sus zapatos. A las diez, Fani, su secretaria, le compraría en cualquier comercio próximo unos calcetines como Dios manda. Tendría que confiar en su discreción, o, mejor que eso, le diría que un enganchón había agujereado los puestos. De esta manera no correría el riesgo de ser motivo de chanza en el desayuno de los empleados.

La calle estaba ya en movimiento cuando Roberto se incorporó a ella. Era tarde y no llegaría a coger el autobús que solía pasar en torno a las ocho y diez. Se dijo que mejor no agobiarse con eso; tendría tiempo de todo si hacía las cosas ordenadamente y con calma. Estaba parado en el semáforo cuando vio llegar el autobús. “No cambiará el semáforo para cruzar y llegar a la parada a tiempo para cogerlo”, pensó, “No importa, cogeré el siguiente. Ante todo tranquilidad”.

Así era, aquél semáforo tardaba en ponerse en verde para los peatones porque regulaba el cruce en una calle de doble dirección con mucho tráfico a ciertas horas del día, y estaba programado para dar más tiempo a los coches que a los viandantes.

A su lado, una colegiala, con su cartera a la espalda, pensó lo mismo que él. Roberto observó su primer movimiento; había mirado brevemente a su izquierda analizando si podría cruzar a tiempo para alcanzar el autobús, a la vez que avanzaba su píe derecho. Iba a decirle que esperará a que cambiara el semáforo porque la visibilidad por la izquierda no era buena al venir  la calzada de un recodo, cuando en cosa de segundos la niña decidió lanzarse a ella.

Roberto no se lo pensó. En el escaparate de enfrente había visto reflejada la imagen de una furgoneta que giraba deprisa para encarar su calle. Se llevaría por delante a la niña sin que el conductor pudiera evitarlo. Pero no fue así. La furgoneta embistió a Roberto que se había lanzado tras la niña empujándola y dejándola fuera del alcance del vehículo.

Se oyeron algunos gritos y la gente se arremolinó en torno a un hombre que yacía sin vida en el suelo de la calzada. Todo fue tremendamente rápido, muy confuso. Un hombre agachado junto a Roberto intentaba descubrir si aún respiraba. Otro llamaba al 912 pidiendo una ambulancia. Finalmente se abrió paso una pareja de la policía local que mandó a la gente que se apartara, y se puso a organizar el desvió del tráfico por las calles aledañas.

Berto apenas recordaba cómo había llegado a abrirse paso entre la gente hasta llegar a verlo. Habían tapado a Roberto con una manta que salió del coche de la policía. Solo se veían de él los zapatos y unos calcetines amarillos. Se quedó inmóvil; no entendía lo que estaba viendo, era como si su mente se hubiera bloqueado, igual que cuando se cuelga el ordenador y no responde a ninguna tecla. De repente sintió que el oxígeno volvía a entrar a sus pulmones y que podía andar; comenzó a apartar a la gente a empujones hasta llegar al lugar en el que estaba su padre. Los sanitarios de la ambulancia preparaban en el suelo la camilla para trasladarle.

-¿Ha sido un atropello? Sangre no se ve, pero está muerto. Al caer al suelo se ha debido golpear muy fuerte en la cabeza. Se ha roto el cuello –decía el sanitario.

Alguien preguntó a su lado por lo que allí pasaba y una mujer le relató lo ocurrido: “El hombre de los calcetines amarillos ha salvado a una niña que iba a ser atropellada por la furgoneta, pero él ha muerto”.

– “¿La niña está bien?”-preguntaba uno.

-“Sí, el hombre de los calcetines amarillos le ha salvado la vida”-le contestaban.

De repente se oyó un grito desgarrador. Todos miraron a Berto.

-No es el hombre de los calcetines amarillos –gritaba-. Es Roberto Sandoval, mi padre; un hombre bueno y trabajador que cuidaba la corrección en todo lo que hacía. Jamás se hubiera puesto esos calcetines amarillos por su gusto. Ese no es él. Él no es el hombre de los calcetines amarillos.

Al día siguiente todos los periódicos publicaron el suceso. Bajo el título “El hombre de los calcetines amarillos” unos diarios, otros titulando “El héroe de los calcetines amarillos”, todos destacaban el acto heroico de salvar la vida de una niña a cambio de la propia.

De ello dieron cuenta los telediarios, y también los diarios y revistas internacionales. Nombre y apellidos de Roberto Sandoval quedaron indisolublemente unidos a aquellos calcetines amarillos. Porque en las redes sociales la noticia corrió como un reguero de pólvora y quedó escrito en “la nube” del mundo todo lo relativo al generoso acto del hombre, vinculado a su circunstancia.

Berto comenzó su lucha al año siguiente de terminar la carrera. Hasta entonces nunca se había planteado intentarlo siquiera, pero la imagen de su padre pasando de página a página como el hombre de los calcetines amarillos no le dejaba dormir. Tenía derecho a ser en muerte lo mismo que quiso ser en vida y la red no estaba dispuesta a respetar esa voluntad.

Una mañana decidió plantarle cara a internet y empezó aquel  empeño en el que llevaba diez años de su vida.

Amaneció sin esperar a que Berto abriera los ojos. Había conciliado el sueño finalmente y el cansancio le llevo a dormir casi doce horas.

Cuando abrió los ojos la luz que entraba por la ventana le hirió en la retina, pero no fue esa luz la que le hizo saltar de la cama, sino otra luz, aquella que a partir de esa día le trajo la paz.

Berto escribió la historia de su padre tantas veces como la red se empeñó en contar la historia del hombre de los calcetines amarillos. Roberto Sandoval fue por fin lo que siempre quiso ser. No importaba que su vida pudiera parecer aburrida, corriente o vulgar, Berto escribió sobre su sentido del deber, su amor por su familia, su corbata y su café permanente en la mesa de su despacho de consejero delegado en una empresa mediana en cuyo consejo de administración todos llevaban corbata.

Se sintió feliz al hacerlo por él. Así borró de su pensamiento la absurda historia con la que internet hizo palidecer al hombre frente a su “circunstancia”.

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